La historia y los historiadores en el México antiguo: Miguel León Portilla (fragmento) | Discurso de ingreso a El Colegio Nacional
El Colegio Nacional conmemorará el aniversario luctuoso de Miguel León-Portilla con la lectura de un fragmento de su pieza dramática 'La huida de Quetzalcóatl', que se llevará a cabo el próximo jueves 1 de octubre en el Aula Mayor de la institución (Donceles 104, Centro Histórico, Ciudad de México).
- Redacción AN / MDS

Por Miguel León-Portilla / Miembro de El Colegio Nacional*
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En el México antiguo, desde el período olmeca, anterior a la era cristiana, existió un afán por no dejar que se borrara el recuerdo de lo que había acontecido. Tal actitud puede percibirse hoy de múltiples formas. Lugar especial tienen la conocida precisión de sus sistemas cronológicos, las inscripciones en piedra, los códices o libros en que se consignaron los hechos pretéritos, así como no pocas tradiciones orales, también recordación de sucesos. A estas formas de evidencia se suman las noticias que específicamente hablan de sacerdotes y sabios dedicados a indagar y a hacer posibles tales testimonios.
Casi como algo que podía esperarse, encontramos, además, a partir de los primeros cronistas españoles, la reiterada afirmación de que la antigüedad mexicana no fue indiferente a su historia. Sólo que, asimismo desde el siglo XVI, comenzó a sostenerse paralelamente la noción de que esas llamadas “historias de los indios”, eran meras fábulas y leyendas en las cuales supuestas actuaciones divinas y humanas se mezclaban puerilmente. De hecho, el celo misionero —con contadas excepciones— pronto vio en los antiguos códices, en los almanaques calendáricos, en las inscripciones y en las relaciones orales, la mano oculta del demonio. Decididamente se persiguió, en consecuencia, lo que se juzgó que era no ya historia sino vestigio de supersticiones y arraigadas idolatrías.
Ello explica que mucho se perdiera entonces y que el estudio de la documentación que se salvó no pudiera emprenderse sino hasta tiempos recientes. Mas el moderno investigador de las culturas prehispánicas, libre ya de la obsesionante interpretación demoníaca, con dificultad podrá escapar a otros más sutiles prejuicios derivados de su propio bagaje cultural. Cualesquiera que sean sus conocimientos acerca de los idiomas y culturas nativas, ¿cómo superará los puntos de vista subjetivos y, por consiguiente, apriorísticos? Y, sobre todo, ¿cómo alcanzará a distinguir con precisión entre lo que puede ser huella de una conciencia histórica indígena y lo que debe tenerse por mera elaboración fabulosa?
El problema se agudiza, no sólo en un sentido particular, respecto de cualquier fuente de información, sino de modo general, cuando, con criterio abierto, se toman en cuenta las tesis de algunos modernos estudiosos acerca de la significación de la historia. Las conclusiones alcanzadas, a propósito de los orígenes de la historia en el ámbito del mundo griego, parecen tajantes en este punto. En ellas se hace clara distinción entre cualquier afán por preservar de algún modo el recuerdo del pasado y el empeño en inquirir críticamente acerca de él. La primera preocupación es considerada sólo como un antecedente de la conciencia histórica. Los conceptos de historiador y de historia se reservan para elaboraciones culturales que se juzgan de un orden muy distinto, a saber: cuando interviene la reflexión sobre el sentido del acontecer pretérito; pero, además, cuando el recuerdo o imagen de los sucesos es el fruto de indagación metódica y crítica, dirigida a separar lo legendario o mítico, de lo que, en términos de causa y efecto, se considera como acaecido realmente en el mundo del quehacer humano. Tal tipo de historia en sentido estricto, se nos dice, nació en el ámbito mediterráneo, específicamente en Grecia. Posteriormente sólo ha existido en aquellas esferas culturales que, de un modo o de otro, estuvieron expuestas al influjo helénico.
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Y a continuación, para precisar por qué excluye del campo de la conciencia histórica a la mayor parte de la humanidad, da las razones que, fundamentalmente, se reducen a distinguir entre ese propósito casi universal de querer preservar la memoria del pasado y lo que ofrece como radicalmente diferente: reflexionar sobre el acontecer pretérito e inquirir críticamente para formarse una imagen lógica de él.
Aquellos pueblos, incluso los que conocieron alguna forma de escritura, pero que estuvieron desprovistos de la actitud inquisitiva y crítica nacida entre los griegos, no alcanzaron otra cosa —sostiene Collingwood—, que una cierta especie de “cuasi-historia”. Ésta tuvo un carácter teocrático, y se expresó en sus teogonías, mitos, fábulas y leyendas.
Para el investigador de las antigüedades del Nuevo Mundo, esta conclusión no debe pasar inadvertida. Si asume una actitud crítica, cual es de esperarse, ¿tendrá por ello que desechar, como no históricos en sentido estricto, tal vez todos los documentos que pueda reunir provenientes de los pueblos que estudia? ¿Deberá ver en ellos sólo otra manera de testimonio implícito, como son los demás vestigios que descubren los arqueólogos, pero no el reflejo de una conciencia histórica verdaderamente digna de ese nombre?
El enunciado de estas cuestiones vuelve pertinente una consideración sobre ellas. Es curioso notar que esta moderna concepción crítica de la idea de historia coincide, en cuanto a sus consecuencias, con aquella otra forma de pensamiento que, por razones tan distintas como la de una actuación demoníaca, llevó a tener asimismo por meras fábulas a las llamadas “historias de los indios”. ¿Se trata acaso —cabría preguntarse—, de dos posturas etnocéntricas, la del evangelizador, que sólo aceptó como verdaderas la historia de la revelación y la de los pueblos cristianos, y la del hombre moderno de origen occidental que afirma que el sentido crítico es exclusivo de su herencia de cultura?
Desde luego no es mi intención hacer a un lado, con este comentario, las disquisiciones formuladas, a propósito de la historia, por el pensamiento contemporáneo. Formalmente las tomo en cuenta porque considero que, a su luz, cabe intentar un más serio acercamiento al fenómeno específico de ese interés por el pasado en el ámbito del México antiguo. Reconozco que, obligado por el tema, he usado ya los vocablos de “historia” e “historiadores”. Acepto ahora ponerlos críticamente en entredicho hasta no determinar qué sentido puede concedérseles en el contexto de las culturas prehispánicas.
Pero antes de abordar el problema quiero advertir que lo circunscribo a los pueblos nahuas de los últimos siglos anteriores a la Conquista. No significa esto, sin embargo, que deba perderse de vista el marco de referencia, mucho más amplio, de la evolución cultural mesoamericana. Hoy se sabe, gracias a las investigaciones arqueológicas, que en otras áreas del México antiguo existió una parecida preocupación por el pasado, y de ello hay testimonios que se remontan al primer milenio antes de Cristo. Pienso en las inscripciones que provienen del período olmeca y, de épocas posteriores, en los múltiples registros de acontecimientos a lo largo del horizonte clásico, en el área maya y en las de Oaxaca y del altiplano central. Otro tanto puede afirmarse de la etapa tolteca durante los siglos del postclásico. La investigación, en el caso específico de los tiempos aztecas, parte en consecuencia del reconocimiento de que el interés que entonces existió acerca del pasado no fue experiencia aislada en el mundo mesoamericano. También en esto, los aztecas y otros grupos nahuas contemporáneos suyos, fueron herederos y acrecentadores de un legado de alta cultura, más de dos veces milenario.
Hecho el anterior deslinde, podemos ya plantearnos las cuestiones pertinentes respecto a ese último período, el anterior a la Conquista. Los puntos que interesa elucidar son los siguientes: ¿qué ideas tenían los tlamatinime o sabios nahuas de los siglos XV y principios del XVI acerca de sus formas de perpetuar la recordación del pasado? ¿Dentro de qué marco de creencias y lucubraciones realizaron su tarea? ¿Fundamentalmente qué les interesaba rescatar del olvido? ¿Quiénes eran y qué propósitos tenían los que se ocupaban en esto? De las respuestas que puedan darse a tales cuestiones, depende, así lo creo, el esclarecimiento del problema de si hubo o no durante la etapa azteca alguna manera de historia, entendido críticamente el concepto.
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* El Colegio Nacional, institución histórica dedicada a la divulgación de la cultura científica, artística y humanística, y Aristegui Noticias, medio de comunicación independiente y multiplataforma, colaboran para promover y difundir el quehacer intelectual de las y los colegiados, con el fin de acercarlo a nuevas audiencias.


