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Más allá de los umbrales térmicos | Texto por Mario Luis Fuentes

La Tierra ya no responde como un sistema que amortigua las perturbaciones, sino como una entidad que amplifica sus propias inestabilidades.

  • Mario Luis Fuentes
27 Mar, 2026 20:48
Más allá de los umbrales térmicos | Texto por Mario Luis Fuentes

Por Mario Luis Fuentes.

Con admiración y afecto, para José Sarukhán

La Tierra ha rebasado el “umbral de alarma” térmica. En efecto, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) confirmó que el periodo entre 2015 y 2025 marca los 11 años más cálidos jamás registrados en los últimos siglos. Nombrar ese umbral implica reconocer que la historia natural ha sido violentamente reescrita por la historia humana, que la atmósfera ha sido saturada hasta el punto de alterar las condiciones mismas de posibilidad de la vida. No se trata únicamente de que la temperatura media global haya alcanzado aproximadamente 1.43 °C por encima de los niveles preindustriales; sino de que hemos fracturado el régimen de estabilidad que, durante milenios, sostuvo la continuidad de los ecosistemas.

Hay en esta cifra una señal de ruptura. La Tierra ya no responde como un sistema que amortigua las perturbaciones, sino como una entidad que amplifica sus propias inestabilidades. El desequilibrio energético -es decir, el equilibrio entre la radiación entrante y saliente del planeta- se ha convertido en el signo de una nueva condición: en la que nuestra casa común ya no logra disipar el exceso que le ha sido impuesto. En este sentido, el calentamiento global constituye una modificación radical del mundo de la vida.

Si se sigue esta línea de reflexión, el problema del clima se revela como una mutación ecosófica -en el sentido que le daba Félix Guattari-: una crisis que atraviesa simultáneamente los registros ecológico, social y mental. No hay una “naturaleza” separada que esté siendo dañada; lo que se descompone es la red de relaciones que hace posible la subjetividad, la cultura y la vida colectiva. El calor excesivo no sólo derrite glaciares: reconfigura los ritmos de la vida cotidiana, altera la percepción del tiempo, intensifica la ansiedad, desplaza poblaciones, desarticula comunidades. La crisis climática es, en este sentido, una crisis de los modos de nuestra existencia.

Esta dimensión se vuelve aún más inquietante cuando se considera su articulación con la salud. El deterioro de los equilibrios ecológicos atañe directamente a lo humano. El aumento de las temperaturas, la alteración de los ciclos hidrológicos y la degradación de los hábitats crean condiciones propicias para la expansión de vectores epidemiológicos, para la emergencia de enfermedades antes contenidas y para la recomposición de elementos patógenos. La salud es en esa lógica un punto de convergencia de múltiples crisis: climática, ecológica, social. En este horizonte, la posibilidad de nuevas pandemias aparece como una consecuencia estructural de la intensificación de las interacciones entre humanos y especies no humanas en ecosistemas degradados.

Ante ello, la fragilidad de los dispositivos de cooperación internacional adquiere una gravedad singular. La salida de Estados Unidos del Acuerdo de París y su distanciamiento de la Organización Mundial de la Salud síntomas de una crisis profunda en la gobernanza global. En un momento en que los riesgos adquieren cada vez más una escala planetaria, la retirada de los marcos multilaterales de acción climática, del principal país emisor histórico de gases de efecto invernadero, así como el debilitamiento de la arquitectura institucional internacional en materia de salud, introducen una disonancia crítica entre la magnitud de los problemas y la capacidad de respuesta colectiva. Se trata, en rigor, de una forma de retirada frente a la complejidad.

Pero la crisis no se agota en el clima ni en la salud. Se despliega también en la pérdida acelerada de biodiversidad, ese silencioso colapso que acompaña y potencia el calentamiento global. La desaparición de especies implica la desarticulación de redes ecológicas cuya complejidad apenas comenzamos a comprender. Cada extinción elimina funciones, rompe equilibrios, reduce la capacidad de los ecosistemas para resistir y adaptarse. La biodiversidad no es un inventario de formas de vida; es la condición de posibilidad de la resiliencia planetaria. Su pérdida intensifica la vulnerabilidad frente al cambio climático, generando un círculo de retroalimentación negativa que acelera el deterioro.

Es aquí donde la reflexión adquiere un carácter ético ineludible. El principio de responsabilidad intergeneracional -formulado con particular agudeza por Hans Jonas- emerge como una exigencia para actuar en un mundo donde las consecuencias de nuestras decisiones se proyectan a escalas temporales de siglos; lo que implica reconocer que somos responsables de las condiciones de vida de quienes aún no existen. Sin embargo, nuestras instituciones, ancladas en horizontes de corto plazo, muestran una incapacidad estructural para incorporar esta dimensión. La política, en su forma actual, se encuentra desfasada respecto del tiempo de la Tierra.

Este desfase no es únicamente institucional; es también conceptual. La modernidad ha operado bajo la premisa de una separación entre humanidad y naturaleza, entre sujeto y objeto, entre cultura y medio ambiente. El calentamiento global y la crisis ecológica desmienten esa ontología. No hay exterioridad posible: la humanidad está inscrita en los procesos que transforma. La atmósfera alterada es, al mismo tiempo, un producto de la acción humana y la condición que determina su futuro.

Rebasar el umbral de alarma térmica significa, entonces, algo más que cruzar una línea en una gráfica. Significa ingresar en un territorio desconocido donde las referencias del pasado no son fiables. La experiencia acumulada -climática, agrícola, sanitaria- pierde su capacidad de orientar la acción. Nos encontramos en una situación en la que el futuro no puede ser pensado como una prolongación del presente, sino como una zona de incertidumbre radical.

En este contexto, la insistencia en modelos de desarrollo basados en la expansión ilimitada aparece no sólo como insostenible, sino como profundamente irracional. La crisis climática no es un fallo corregible sino el síntoma de sus límites. Pensarlaexige, como sugería Guattari, una recomposición de los modos de existencia, una rearticulación de las relaciones entre lo humano, lo social y lo natural. No se trata de ajustar variables, sino de transformar las coordenadas mismas desde las cuales pensamos y habitamos el mundo.

Investigador del PUED-UNAM

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