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Educación: crisis y desigualdad estructural | Artículo de Mario Luis Fuentes

La insuficiencia del gasto se articula con otros indicadores igualmente preocupantes: altas tasas de abandono escolar en la educación media superior, bajos niveles de logro en competencias fundamentales -como lectura, matemáticas y ciencias- y una persistente desigualdad en el acceso y calidad de los servicios educativos, particularmente en zonas rurales, indígenas y periféricas urbanas.

  • Mario Luis Fuentes
27 Feb, 2026 21:24
Educación: crisis y desigualdad estructural | Artículo de Mario Luis Fuentes
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Por Mario Luis Fuentes

México se encuentra, entre los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, en el último lugar en gasto anual por alumno en prácticamente todos los niveles educativos, con una brecha significativa respecto del promedio de los países que integran a este organismo.

La insuficiencia del gasto se articula con otros indicadores igualmente preocupantes: altas tasas de abandono escolar en la educación media superior, bajos niveles de logro en competencias fundamentales -como lectura, matemáticas y ciencias- y una persistente desigualdad en el acceso y calidad de los servicios educativos, particularmente en zonas rurales, indígenas y periféricas urbanas. En efecto, otros datos oficiales muestran una caída en la matrícula en educación básica, lo cual no había ocurrido en los últimos cuarenta años. En ese escenario, la OCDE subraya, además, que el gasto por estudiante en México no sólo es bajo en términos absolutos, sino también en proporción al PIB per cápita, lo que sugiere un rezago estructural en la prioridad fiscal asignada al sector.

Es evidente que los problemas en torno a la educación no pueden reducirse a un debate presupuestal o financiero. Existe además una crisis de pertinencia que atraviesa al sistema en su conjunto. Los programas educativos, con frecuencia, se encuentran desvinculados de las realidades sociales, económicas y culturales del país; los métodos pedagógicos permanecen anclados en modelos que inhiben o que al menos no fomentan el pensamiento crítico; y la formación docente, aun cuando ha sido objeto de múltiples reformas, no ha logrado consolidarse como un verdadero sistema de profesionalización y superación espiritual y material continua del magisterio nacional.

Esta doble crisis -de inversión y de sentido- remite a una pérdida de horizonte ético y filosófico de la educación mexicana. Si se revisa la tradición intelectual que dio origen al sistema educativo nacional, resulta evidente que figuras como Justo Sierra, José Vasconcelos o Jaime Torres Bodet concebían la educación no como un servicio administrativo, sino como un proyecto civilizatorio. Para Sierra, la educación era el fundamento de la ciudadanía moderna; para Vasconcelos, un instrumento de integración cultural y espiritual; para Torres Bodet, una condición indispensable para la paz y el desarrollo humano en un mundo marcado por la guerra y la violencia.

Hoy, en contraste, la educación parece haberse reducido a un conjunto de indicadores, pruebas estandarizadas y metas burocráticas. La lógica de la medición -aunque necesaria- ha desplazado a la lógica del sentido. Se evalúa sin comprender, se reforma sin transformar y se invierte sin un proyecto de nación claramente articulado. En este contexto, los bajos niveles de gasto por alumno son la expresión cuantitativa de una crisis cualitativa más profunda: la incapacidad del Estado mexicano para concebir la educación como eje estructurante del desarrollo.

Las consecuencias de esta situación son múltiples y de gran alcance. En el plano económico, la baja calidad educativa limita la productividad y la capacidad de innovación del país, perpetuando un modelo de crecimiento basado en actividades de bajo valor agregado. En el plano social, reproduce las desigualdades existentes, al ofrecer oportunidades diferenciadas según el origen socioeconómico de los estudiantes. En el plano político, debilita la formación de ciudadanía crítica, afectando la calidad de la democracia. Y en el plano cultural, erosiona los mecanismos de transmisión y recreación del patrimonio simbólico de la nación.

Frente a este panorama, la pregunta no es sólo cuánto más debe invertirse en educación, sino hacia dónde y cómo debe orientarse esa inversión. Una nueva generación de políticas públicas en materia educativa debe partir, en primer lugar, de una redefinición del lugar de la educación en el proyecto nacional. No se trata de formar “capital humano”, sino de construir sujetos capaces de habitar críticamente el mundo, de participar en la vida pública y de imaginar futuros distintos.

En términos concretos, esto implica al menos cuatro líneas de acción. La primera es el fortalecimiento del financiamiento educativo con criterios de equidad. No basta con aumentar el gasto; sino que es necesario redistribuirlo de manera que se atiendan prioritariamente las regiones y poblaciones más rezagadas. La segunda es la transformación de los modelos pedagógicos hacia enfoques centrados en el aprendizaje significativo, el pensamiento crítico y la resolución de problemas, incorporando, de manera pertinente, las tecnologías digitales.

La tercera línea es la consolidación de un verdadero sistema de formación y desarrollo profesional docente. En este sentido, es indispensable transitar de esquemas fragmentados de capacitación a un modelo integral que articule formación inicial, inducción, acompañamiento y evaluación formativa. Finalmente, la cuarta línea es la reconstrucción del vínculo entre educación y sociedad. Esto supone abrir la escuela a la comunidad, incorporar saberes locales, fortalecer la educación intercultural y promover la participación de distintos actores sociales en el diseño y evaluación de las políticas educativas, siempre con el propósito de contribuir a la construcción y pervivencia de una auténtica ciudadanía social.

Lo que está en juego es la posibilidad de recuperar el sentido profundo de la educación como proyecto ético y político que se encuentra en el corazón de la nación mexicana. En un país marcado por la desigualdad, la violencia y la fragmentación social, la educación debe convertirse en el eje articulador de una estrategia integral de reconstrucción del tejido social.

En última instancia, la crisis educativa mexicana no es sino el reflejo de una crisis más amplia del Estado y de la sociedad. Pero, al mismo tiempo, es también el espacio privilegiado desde el cual puede comenzar a revertirse. Como lo entendieron Sierra, Vasconcelos y Torres Bodet, la educación no es sólo un medio para el desarrollo: es, en sí misma, una forma de imaginar y construir el país que queremos ser. Hoy, más que nunca, esa imaginación resulta indispensable.

Investigador del PUED-UNAM

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