“En México todavía se asocia a las lenguas indígenas con formas denigrantes”: Socorro Venegas
La escritora y editora mexicana publica ‘Leche de silencio’, un volumen donde indaga en las violencias que detrás de la supresión de las lenguas originarias.
- Redacción AN / HG

Por Héctor González
Así como a través del lenguaje se nos abre un mundo, también se nos puede cerrar un pasado. Sobre esto trata Leche de silencio (Páginas de espuma), el nuevo libro de Socorro Venegas.
A partir del testimonio familiar y personal, la narradora y editora construye una historia íntima que se truncó cuando su madre decidió silenciar el náhuatl, su lengua materna, con tal de evitar la discriminación social.
Fue hasta la edad adulta, cuando Venegas (San Luis Potosí, 1972) comenzó a cuestionar las implicaciones y los alcances de aquella medida. Así fue como nació la idea de platicar con su madre y conocer a fondo los detalles de la historia y de un pasado hasta ahora cerrado e incompreto. “Tenemos que revisar todo esto y no hay manera de hacerlo si no lo hablamos”, dice la escritora a propósito del que es hasta ahora uno de sus libros más profundos y reveladores.
¿En qué momento decides platicar con tu mamá y escribir Leche de silencio?
En realidad, nada estuvo tan claro. Mi inquietud iba más por pensar que por escribir. En mi vida cotidiana familiar la ausencia de la lengua originaria de mi mamá fue muy natural, de modo que no me lo había cuestionado. Las inquietudes y preguntas surgieron poco a poco. Primero pensé escribir un ensayo sobre las lenguas minorizadas a partir de lo que ella había vivido. Cuando le propuse conversar para tener una primera aproximación a su testimonio me di cuenta de que ahí estaba su voz, pero también la mía y la de mi abuela, así como la de mi tía sorda. Seguí esas voces y mi proyecto de escritura se convirtió en otra cosa. Fue hasta mi vida adulta cuando me pregunté cómo fue para ella con 9 años dejar a su comunidad y a su familia. A partir de mi maternidad me cuestioné cómo es tener que dejar ir a un hijo para protegerlo. Todo ello, además de mis lecturas, dieron forma a Leche de silencio. Creo articular distintas voces permite que el libro se pueda leer como una novela o como una memoria poética.
Si bien tu mamá no dejó de hablar su lengua, me imagino que al platicar con ella de su lengua originaria descubriste una forma de ver el mundo que no tenías presente.
Fue muy interesante. La lengua es la que nos revela, pero también la que puede ocultarnos cosas. Al renunciar a su lengua, descubrió que había cosas que no podía contar, recordar o reconocer para sí misma porque no podía articularlas en náhuatl. Al mismo tiempo, tenía encapsuladas memorias que emergieron al conversar y que son recuerdos muy difíciles. Compartirlos conmigo fue duro; por mi parte, al contarlos intenté no victimizar ni edulcorar la experiencia. No recurrí a la ficción porque no quería elementos que transformaran la narrativa que ella ha querido usar. Por eso también, para indagar en las formas en que se manifiesta una lengua me referí a mi tía, quien prácticamente creó un idioma a partir de su propio cuerpo puesto en movimiento para ser comprendida en el mundo. Sucede algo similar con el silenciamiento de una lengua: para evitar la discriminación los hablantes son capaces de renuncian a su lengua originaria. En México todavía se asocia a las lenguas indígenas con formas denigrantes equivalentes a pobreza, miseria, de menos capacidades intelectuales y otras connotaciones negativas.
¿Cuáles eran tus límites al escarbar en los recuerdos de tu madre para no exponerla o lastimarla?
Los límites estuvieron definidos por mi madre más que por mí. El mandato de silenciar su lengua en mí funcionó. Yo no aprendí náhuatl entonces no estuve expuesta a la discriminación que ella sí vivió. Su mecanismo de protección funcionó, aunque en mi vida haya un empobrecimiento por la ausencia de esa lengua. Cuando comencé a escribir le propuse que nos contáramos todo, pero que al final cuando el libro estuviera terminado si a ella algo le incomodaba o dolía, lo íbamos a quitar. También le dije que, lo que yo pensara o contara de mí misma no estaba sujeto a su decisión. Al final me no me pidió quitar nada. Hay episodios fuertes por la carga emocional y en esos casos más que un límite me ocupé de mantener la sutileza con la que ella me contó sus historias. Quise respetar esa voz y esos matices. Evité cualquier registro romántico, estamos muy acostumbrados a colocar en un pedestal a la madre y a justificar todo por la experiencia dolorosa, pero este también es un libro donde la confronto y me pregunto sobre cómo hemos ejercido nuestras maternidades. No son nada idílicos esos episodios, quise tocar las verdades emocionales de los personajes y esto no podía ser adornado o exagerado, ese fue mi mayor desafío.
¿Consideras que la inequidad de género atraviesa estas violencias?
Tiene todo que ver. A pesar de lo que denunciamos y de los testimonios, en México hay once feminicidios cada día. No se ha terminado de comprender que las mujeres somos seres humanos. Hay una violencia estructural contra la mujer, se les siguen asignando los cuidados familiares. En las presentaciones de mi libro me he encontrado con hombres conmovidos hablando de sus madres y ancestras. Lo que más subrayan es su entrega y generosidad sin límite para cuidar. Me gusta invitar a estos lectores a que les propongan a estas mujeres que estos cuidados se los dediquen a ellas y sean las protagonistas de sus vidas. Me parece importante reflexionar sobre esto. Hay estudios que nos subrayan que las mujeres indígenas y de piel oscura son las personas más vulnerables. Tenemos que revisar todo esto y no hay manera de hacerlo si no lo hablamos. Me gustaría que mi libro fuera una contribución en este sentido.
¿A partir de este libro cambió la relación con tu pasado y con tu familia?
Si pensáramos este libro como un río, te diría que es un río que me ha conducido o reconducido de vuelta a ella. Una de las primeras escenas de Leche de silencio es cuando estoy entre mi madre y mi abuela, y no entiendo de lo que hablan. Cuento que ese día me sentí expulsada del cuerpo de mi madre otra vez. Me di cuenta de que era distinta por no poder hablar esa lengua. Creo que las conversaciones y este libro me han permitido volver a encauzarme con mi madre.






