"Las pioneras del 71" se reencuentran en El Colegio Nacional
Lulú de la Rosa, María Bertha Orduña, Alicia Vargas y Elvira Aracén, quienes jugaron el Mundial de 1970, en Italia, y el de 1971, en la Ciudad de México, recordaron su historia en el futbol.
- Redacción AN / HG
16 Jul, 2026 13:13

Sus nombres y sus hazañas suelen ser evocadas en tiempos mundialistas, pero ellas saben que forman parte de un pedazo muy significativo de la historia del deporte en México, al ser las pioneras del futbol, que muchas veces se deja a los varones.
Lulú de la Rosa, María Bertha Orduña, Alicia Vargas y Elvira Aracén, parte de las Pioneras del 71, se reunieron en El Colegio Nacional para recordar aquellos años en que marcaron al futbol femenil mexicano: el 21 de agosto de 1971, ante más de 110 mil aficionados que abarrotaron el entonces Estadio Azteca, cuando se enfrentaron a Dinamarca en la final del segundo Mundial Femenil.
Teresa Vicencio, se encargó de moderar este diálogo con Las pioneras del 71, una actividad organizada como parte de la exposición ¿De qué color pinta el verde?, coordinada por Juan Villoro.
María de Lourdes de la Rosa fue seleccionada a los 16 años de edad; después del Mundial del 71, donde México quedó subcampeón, participó en giras por Europa y Sudamérica, a quien le correspondió recordar cómo era un día normal para ellas: comenzar a las 6 de la mañana, en Chapultepec, para un entrenamiento matutino, donde se quedaban dos horas; hacia las dos de la tarde hacían un poco de fútbol, técnica y táctica dentro de la cancha y ya por la noche, en ocasiones, se iban a un gimnasio para hacer un poco de fuerza.
“Fuerza muscular para enfrentarnos a las europeas, a esas mujerzotas y corpulentas a quienes les dimos la vuelta, porque les ganamos a Inglaterra 4-0. Primer partido, Argentina 3-1; Inglaterra 4-0; Italia 2-1 y bueno, pues ya no les digo el final, que es contra Dinamarca. Nos derrotó un gran equipo”.
Al hablar acerca de si tenían alguna alimentación específica, la futbolista señaló que la gran mayoría eran de escasos recursos, y lo que sobraba de los pasajes para ir a Chapultepec, “nos cooperábamos y comprábamos una bolsita de bolillitos, exquisitos, sabrosos, que en mi vida he vuelto a disfrutar ese sabor. Y después nos pasábamos el bolillito con agüita de la llave, pero sin ningún problema”.
“Posteriormente, teníamos que estar en los entrenamientos o en los partidos. Antes nos íbamos cada quien, a casa, donde lo que había era la sopita o el arroz y un guisadito muy austero con lo que nos alimentaba la mamá que nos estaba esperando con la comida; ya en la nochecita llegábamos todas rendidas, lo que menos se quería era cenar. Un cafecito con leche y un pan de dulce. Ya llegamos agotadas, pero esa era nuestra comida del día, qué proteínas ni qué nada, éramos gentes que salíamos a disfrutar los encuentros, si bien no muy bien alimentadas, pero con mucho coraje y corazón”.
La “Pelé” Vargas
Su nombre es Alicia Vargas Sánchez, a quien desde el primer partido que se jugó un año antes, en 1970, en Italia, se le puso el apodo de la “Pelé”, porque en esa ocasión fue campeona goleadora con cinco anotaciones. Con el paso de los años ha sido reconocida como la tercera mejor futbolista mexicana del siglo XX de la Concacaf.
Durante la conversación, comentó sobre si tenían algún ritual antes de comenzar los partidos: “no teníamos ningún ritual, ni nada por el estilo. Simplemente las ganas de jugar, porque nosotras empezamos a jugar en la calle, en las mentadas coladeras; entonces, cuando llegas al fútbol organizado, a una liga, ya llevas muchas tablas”.
“¿Por qué?, porque vas a escoger niñitos, jovencitos o gente grande, lo que te toque. Tú quieres jugar y eso te da mucha habilidad, porque ahí no hay de que si hay defensa, portero o medio. No, todos subimos, todos bajamos, defendemos y atacamos. Y te puedes pasar las horas jugando y no lo sientes. Ahí adquieres habilidad y condición, te la pasas mucho tiempo corriendo detrás de la pelota para defender, para atacar y con las coladeras, que son de la calle, no era nada sencillo hacer un gol: teníamos que buscar la forma de hacer una jugada de pared o sacarlo con un dribling y poder meter el gol, o agarrarlo de dentro y tirar desde afuera, pues no se lo espera”.
Alicia Vargas destacó que no se trataba de balones como los de ahora, sino pelotas de cuero, por lo cual sí se necesitaba tener un buen toque y una pierna muy poderosa para llegar al balón a ciertas distancias. Nada como ahora que tienen aire y gas, “y si tienes técnica, pues haces goles hasta de la mitad de la cancha”.
“Para el primer mundial, en Italia, todas íbamos con la seguridad de que haríamos el mejor papel para México, porque en la Ciudad Deportiva, en el Eduardo Molina o donde tocara jugar, la familia era quien siempre iba contigo a cada partido. Eso fue lo que nos hizo grandes: la unión de equipo, sin envidias sobre quién destacaría. Simplemente sabíamos de cada una de nuestras habilidades y de nuestras posibilidades”, enfatizó la “Pelé” Vargas.
Para el mundial de 1970 tuvieron dos meses de preparación; parte de la prensa deportiva, incluso, hablaba de una aventura de la selección femenil, “pero con letras pequeñitas, en un rincón de la página de deportes”, lo cual resultaba lógico, porque se trataba de un deporte que las mujeres habían invadido y, obviamente, “estaba muy mal visto, éramos muy criticadas: ¡cómo las chicas jugando fútbol, y luego en la calle con niños! ¡Qué madres es eso! Pero a nosotras no nos interesó absolutamente nada. Todo eso nos hizo ser lo grandes que fuimos en el primer mundial”.
María Bertha Orduña sí tenía algunos rituales que llevaba al campo: en el estadio hay una capilla donde está la Virgen de Guadalupe: se hincaba, juntaba sus manos y agachaba la cabeza, porque recordaba: “las batallas no se ganan de pie, se ganan de rodillas”.
Además, antes de entrar al campo, hacía una respiración muy profunda, aguantaba el aire lo más que podía y le venía una sensación como de baño de agua fría “o algo así”, que empieza a ver un hormigueo en el cuerpo y, en ese momento, ya estaba tranquila; “la tercera: entrando a la cancha tocaba el pasto y se persignaba”.
La portera que iba por carnitas
En la infancia de Elvira Aracén Sánchez no había un balón de futbol. Ella venía de un pueblo veracruzano donde el deporte era desconocido, se jugaba beisbol “con las pelotitas de papel y era prácticamente nuestro recreo”; la otra actividad era echar las carreritas con los caballos y siempre había una parejera (serpiente). En la tardecita, lazábamos un caballo, que ni siquiera era nuestro, y lo montábamos”.
“Esa fue mi niñez: no tenía un balón de futbol a la mano. Llego a México —porque la escuela en mi pueblo sólo tenía hasta cierto nivel de clases—, [a estudiar] la secundaria y lo único que yo sabía hacer era correr, así que mi maestra de educación física me escoge para correr. Yo quería jugar voleibol, porque todas mis amigas lo jugaban, y me dijo: ‘no, o corres o te repruebo’”.
Así se convirtió en saltadora de longitud y de altura, además de practicar el pentatlón, lo que le ayudó para jugar fútbol. Esto fue cuando sus compañeras de la preparatoria le dijeron: “’Oye, mira, tú que eres muy rápida, ¿por qué no vienes a jugar con nosotros fútbol?’. Respondí: ‘Están locas. ¿Fútbol?’”.
Poco había visto de fútbol, pero lo que Aracén Sánchez veía en la televisión “era que te pegaban y los chicos se revolcaban; entonces decía: ‘pobrecitos, les pegaron muy duro’. Hasta que un día me invitar a jugar a Cuautitlán, con la promesa de que al final habría carnitas. Estaba puestísima en punto de reunión. Pensaba en ser la porra más entusiasta, pero algo sucedió por Lechería y no llegaron los cuatro carros con quienes íbamos a jugar con mis compañeras y mis compañeros. Para un partido se necesitan mínimo ocho y únicamente eran siete jugadores y yo. Me ven y me dicen: ‘o entras o perdemos y no habrá carnitas”.
De esa manera comenzó a reconocerse en el futbol, pero su amor se desarrolló a partir de un hecho: como era muy rápida, la colocaron como delantera, y en una de esas le llegó el balón y “creo que fue un buen punterazo, porque la portera nunca lo iba a alcanzar. En ese momento grité: ‘¡Gol!’. El fútbol me atrapó en ese momento, porque una vez que alguien mete un gol, el fútbol es tuyo”, resaltó quien también jugó como portera en aquel equipo.
Historias y anécdotas de un grupo de mujeres que hicieron del futbol una pasión, aun cuando hubiesen tenido que esperar muchos años para volver a sentir el gusto de un partido femenil que, en la actualidad, hasta llena los estadios, por eso se les recuerda como “Las pioneras del 71”.









