Bad Bunny y la hipermodernidad, un análisis del escritor Fernando Viveros
"Quince minutos de medio tiempo condensan la ansiedad de un país que quiere por un lado fiesta, pero por el otro no quiere mirar el costo humano de sus políticas migratorias", plantea el escritor mexicano.
- Redacción AN / HG

Por Fernando Viveros
La reacción masiva ante fenómenos como Bad Bunny no es solo un desvarío frívolo: es un síntoma
claro de la vida hipermoderna, donde el espectáculo se vuelve el último pegamento de una
sociedad fragmentada. La vida hipermoderna es una mezcla de vértigo tecnológico,
hiperindividualismo y ansiedad colectiva que busca anestesia rápida en imágenes y pantallas.
Los grandes formatos de entretenimiento masivo – super bowls, reality shows, mundiales y
campeonatos de futbol, BB y sus clones– funcionan como rituales de cohesión efímera: un
“nosotros” de ocasión creado por algoritmos y mantenido por el rating.
En fenómenos así, la gente no solo está presente, se vuelve cocreadora, produce datos, opiniones
a favor o en contra, memes elogiando o condenando, indignaciones y defensas apasionadas que
alimentan la maquinaria algorítmica dirigida a mantener el consumo. El espectador se convierte
en coproductor hipermoderno: comenta, debate, pero casi siempre desde la comodidad de la
pantalla, donde la implicación afectiva es intensa y la implicación y el compromiso ético es
mínimo.
No es simplemente “cultura de masas” a la vieja usanza, sino su mutación hipermoderna: ya no
hay un solo mensaje descendente, sino una nube de microrelatos orquestados por plataformas
tecnológicas que captan y monitorean deseos, miedos, incertidumbres, esperanzas. La masa se
pulveriza en individuos narcisistas que comparten un mismo espectáculo, mientras los
algoritmos suturan esa dispersión convirtiéndola en tendencia, polémica, consumo, exaltación o
linchamiento colectivo.
Ansiedad indentitaria
La “ficción cercana” que propongo es un territorio donde la frontera entre novela, noticia, reality
y timeline se disuelve en un futuro inmediato condicionado con inteligencia artificial. BB y
fenómenos afines son casi prototipos y espejos de esa ficción: personas de a pie sometidos a
políticas represivas y a dispositivos de vigilancia y violencia.
Lo que vimos en el show de medio tiempo del Super Bowl 2026 no es solo un espectáculo
musical, sino un síntoma clínico de la vida hipermoderna: un estadio lleno convertido en
laboratorio donde se cruzan la ansiedad identitaria de la población latina en Estados Unidos, el
control estatal (ICE) y el juicio final e inapelable del espectáculo por el presidente Trump. La
pregunta ya no es si esto es “cultura de masas”, sino qué versión mutada de esa cultura se
manifiesta cuando el entretenimiento se vuelve campo de batalla entre el poder político y la
población discriminada considerada ilegal.
Vivimos atrapados entre amenazas externas (tecnología, hipervigilancia, precariedad) y
reacciones internas de incertidumbre, miedo, hiperindividualismo, narcisismo de pantalla,
fragmentación familiar y polarización social. El Super Bowl funciona ahí como misa laica global:
quince minutos de medio tiempo condensan la ansiedad de un país que quiere por un lado fiesta,
pero por el otro no quiere mirar el costo humano de sus políticas migratorias.
Que el espectáculo lo firme Bad Bunny –artista crítico de ICE y de la política migratoria de
Trump– cuya música muchos no alcanzamos a comprender y sus bailes no los bailemos,
convierte el escenario en una trinchera simbólica. La reacción del presidente, calificando el show
de “terrible” y “golpe a la nación”, y el mensaje previo de sus asesores advirtiendo que “ICE está
en todas partes”, revelan el intento de disciplinar a la sociedad incluso en su espacio de mayor
entretenimiento a través del miedo y la hipervigilancia.
No es ya la vieja cultura de masas, vertical y paternalista, sino una cultura hipermoderna donde
el espectáculo se vuelve dispositivo de control y de resistencia al mismo tiempo. Mientras los asesores de Trump recuerdan que “no hay refugio seguro” frente a ICE, el escenario global del
medio tiempo se convierte en un contra-mensaje: figuras latinas con rating y visibilidad global
osan reclamar en prime time sentido de pertenencia y derechos en la sociedad norteamericana
en el corazón de su rito nacional de entretenimiento social con más rating. Atrevimiento que
despierta la ira del Rey.
Las formas de comportamiento que emergen ante este tipo de fenómenos –polarización en
redes, linchamientos verbales, nacionalismos heridos, empatías selectivas– muestran una
sociedad fragmentada que busca reconstruir un “nosotros” a golpes de trending topic. La deriva ya no es solo de la cultura de masas, sino de la evolución de la sensibilidad humana: estamos
siendo seducidos de una manera silenciosa, y aceptada tácitamente por la mayoría, a que la
represión (ICE), la protesta (el show) y la reacción airada del poder (Trump) sean parte del
mismo paquete de entretenimiento dominical, como si la hipermodernidad le estuviera diciendo
a los que están en la resistencia que lo hagan, pero en horario estelar, que las cámaras no pueden
dejar de grabar y el hiperconsumo no puede dejar de darse.
*Fernando Viveros es autor de las novelas: Umbral, Lo breve e Y seguiremos siendo nosotros.






