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Lo roto precede a lo entero (fragmento) | Texto de Cristina Rivera Garza

Compartimos con los lectores de 'Aristegui Noticias' algunos de los infraensayos incluidos en el más reciente libro de la escritora Cristina Rivera Garza, publicado por El Colegio Nacional.

  • Redacción AN / MDS
08 Nov, 2026 06:10
Lo roto precede a lo entero (fragmento) | Texto de Cristina Rivera Garza
Foto: El Colegio Nacional

Por Cristina Rivera Garza / Integrante de El Colegio Nacional*

uno. Mantra en infinitivo

Recordar el teclado. Recordar los dedos sobre el teclado. Recordar ahora, hace un momento, las yemas de los dedos sobre el teclado. No olvidar el teclado. Recordar el teclado mientras escribo las palabras escribir en el teclado. 

Detenerse en el medio. Resaltar la materialidad del medio. Gozar la imposición del medio. Los límites del medio. Los límites que son la realidad del medio. Recordar que el lenguaje es el medio. 

Detenerse otro segundo más en el medio. Y recordar, mientras tanto, el teclado. Nunca jamás olvidar el teclado. 

Ver la aparición de la palabra sobre la pantalla. Ver, ahora, hace un momento, la aparición de la segunda palabra. Ver la aparición. Es una frase. Es una línea. Es una oración. 

Recordar el teclado. Recordar que el teclado es una forma de la oración. Un halo sobre todo eso. Sentir las yemas de los dedos sobre el teclado. 

Recordar la materialidad del lenguaje. Sentir el contacto de la huella dactilar con la superficie lisa de la tecla. Constatar la materialidad inaudita del medio. Gozar. Padecer. Volver a gozar. Sentir el choque. Una huella dactilar. Una letra. La frase. La línea. 

Detenerse en el medio. Resaltar el medio. Decir: éste es el medio. Esta sólida existencia súbita. El lenguaje. Una forma de corporeidad. Detenerse. Gozar. Una huella dactilar. 

Escribir: éste es el medio. Que es escribir. Escribir el medio. Abolir la transparencia. Salir de la trampa. El lenguaje no es el fin, no es el receptáculo, es el medio. Resaltar el medio. Escribir. Tocar, sinuosamente, sensualmente, viscosamente, los límites del medio. 

Tocar, que es una huella dactilar sobre la superficie lisa de la tecla. Tocar, que es escribir. 

Recordar el teclado. Ahora, hace un momento, no olvidar el teclado. Nunca, ni por un momento, olvidar el teclado. 

La materialidad de esto. Esta práctica. Escribir. Olvidar el teclado. Olvidarlo todo. Escribir.

dos. Inicio como falso inicio

Henning Mankell hace algo al inicio de “La muerte de un fotógrafo”, uno de los textos incluidos en La pirámide, a la vez simple y admirable: escribir un inicio que poco o nada tiene que ver con el texto restante, pero sin el cual el texto en cuestión, aunque entendible y lógico e incluso hermoso, lo perdería todo. 

El inicio como acoso. El inicio como tema recurrente y obsesivo e inútil. El inicio como cita (¿sólo textual?) que no ocurrirá jamás. 

El fotógrafo del texto mankelliano muere, es decir, es asesinado. Wallander, el entrañable detective, descubre precisamente al inicio del relato cierta información perturbadora de la personalidad de la víctima que, de hecho, impide cualquier relación de simpatía o identificación. El lector sospecha. El lector, que sospecha, continúa leyendo, busca de manera algo desesperada la vinculación entre esa cierta información perturbadora y las causas del crimen. La vinculación esperada por el suspicaz lector, sin embargo, no llega. Es más: no llega nunca. 

Es sólo hacia el final, en el final mismo, que el lector comprende que ha sido acosado por la habilidad del escritor y su idea, digamos singular, del inicio. Entonces el lector piensa, o en todo caso debe pensar, que ésta es otra función del inicio: introducir lo que no pasará, mostrar lo que no viene al caso, evidenciar lo excedente que, siéndolo, sin embargo, nimba la narración de principio a fin con una sospecha no por pertinaz menos equivocada. 

Ese ruido interno (que viene de las páginas). Esa tensión personal (que es toda propia). Esa oscuridad presentida (¿o invocada?). Esa anticipación nerviosa. Esa persecución irracional (por lo incesante). Todos esos y otros tantos estados más los consigue Mankell produciendo un inicio que es, en realidad, un falso inicio que es, en todo caso, un cruce de caminos. Una rosa de los vientos. Un viento que se va a otro lado.

Foto: El Colegio Nacional

tres. La mosca del aquí y el ahora

Elementos de infraestructura: 

Una sola luz decimonónica sobre el escenario. Un Steinway negrísimo que todavía brilla con los fulgores del siglo XIX. El silencio de la reverencia todo alrededor. 

El actor principal: 

El pianista, apropiadamente húngaro, se aproxima a su instrumento con pasos firmes, luciendo la levita que, hace un par de siglos, significaba elegancia, clase, jerarquía. Ahí está el pelo casi largo, la barbilla enérgica, la delgada silueta que bien podría ser descrita como sublime, etérea, melancólica. O tuberculosa. 

La acción: 

El pianista toma su lugar y aspira y cierra los ojos y, con suma delicadeza, coloca las yemas de los dedos sobre las teclas para tocar (¿a quién más?) a Liszt. Imbuido por el Espíritu, el pianista gestualiza su entrega, su concentración, su genio. La barbilla que apunta hacia arriba, los ojos que continúan cerrados, las sutiles arrugas que marcan los caminos de la Pasión Creadora. 

El momento extraño: 

El pianista está, definitivamente, en las postrimerías del siglo XIX cuando aparece, de la nada, que según Novalis era de color azul, la mosca zumbona, vulgar, escandalosa, frente a su rostro, alrededor de su cabeza. 

Interpretación personal del Momento Extraño: 

Se trataba, por supuesto, de la Mosca del Aquí y el Ahora. Se trataba de una venganza (lúdica) (paródica) (hipertextual) (contracrítica) del siglo XXI.

Foto: Archivo Pexels

cuatro.  Brother AX-525

Utilizo por primera vez en mucho tiempo un procesador de palabras (Brother AX-525) en sus funciones más básicas de máquina eléctrica. Tecleo, ahí, con una timidez inusitada. Tecleo, tal vez por lo mismo, con furia de primeriza. Tecleo con un terrible dolor de muñecas. Una alumna se asoma a la puerta de mi oficina —cara y torso casi adentro del cuarto, cadera y piernas definitivamente afuera—. Visión guillotinesca. 

—Me preguntaba —dice con la sonrisa esa de quiénsabe-más— qué era este ruidazal. 

Y es entonces que me doy cuenta. La máquina contesta —escandalosa, definitiva, peleonera— cada una de las presiones de las yemas de mis dedos. La máquina no sabe quedarse callada —no puede, no sabe, seguramente no debe—. Iracunda y rápida de reflejos, la máquina de escribir lanza un balazo por cada letra que logra manchar la página en blanco. Como en el viejo oeste, cada una detrás de su roca o herramienta preferida, estamos enfrascadas en una lucha que parece ser, como se dice, de vida o muerte. 

Yo me equivoco y, mientras me veo forzada a devolverle la blancura a la página con la ayuda del corrector líquido, podría jurar que el silencio que llena momentáneamente la oficina no es más que el silencio ese del que sabe que ha vencido. Pero luego regreso y, ya dispuesta a continuar la contienda, coloco los dedos sobre las teclas. Esta imposibilidad de ver las letras antes de que las letras se vuelvan letras sobre una página antes en blanco me hace entender qué es la ceguera. Desorientada, con el titubeo característico del extranjero, con ese arrojo, presiono de cualquier manera y el ruidazal, la violencia veloz del ruidazal, vuelve. Lo escucho con atención. Me abismo. Huyo. Todo eso me recuerda que, al inicio, esto era escribir. Esta cosa de cuerpo contra cuerpo. Esta cosa llena de sentidos —la vista, el tacto, el oído—. Este escándalo. Este gozo. Este alto.

Cuando libero a la hoja del rodillo y desconecto la máquina con parsimonia más bien fingida, tengo la extraña sensación de que algo —algo concreto y súbito e irreversible, algo sin vuelta atrás, algo frágil y roto y lleno de huesos— acaba de pasar. “Cosa de vida o muerte”, le susurro a la hoja y sus letras. Aparente son de paz.

 

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* El Colegio Nacional, institución histórica dedicada a la divulgación de la cultura científica, artística y humanística, y Aristegui Noticias, medio de comunicación independiente y multiplataforma, colaboran para promover y difundir el quehacer intelectual de las y los colegiados, con el fin de acercarlo a nuevas audiencias.

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