“Durante una guerra, es de los niños de quienes menos se habla”: Carmen Ávila
La escritora publica ‘El vuelo de las grullas’, una novela que indaga en las heridas históricas que dejaron los bombardeos en Hiroshima y Nagasaki.
- Redacción AN / HG

Por Héctor González
Son conocidos como hibakusha los sobrevivientes de los bombardeos a Hiroshima y Nagasaki que pusieron fin a la Segunda Guerra Mundial. En su obra El vuelo de las grullas (Textofilia), ganadora del Premio Nacional de Novela Ignacio Manuel Altamirano 2024, la narradora y poeta, Carmen Ávila (Saltillo, 1981) aborda la vida de una ella.
A través del relato, la escritora no solo nos lleva a conocer parte de la cultura japonesa, también nos invita a pensar en los efectos y traumas que genera una guerra de manera muy particular en la población infantil.
¿Qué te lleva a escribir sobre los sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial en Japón?
En 2011 el gobierno de Japón me otorgó una beca cultural llamada Barco Mundial de la Juventud. Consiste en seleccionar a 12 personas como delegadas para representar la cultura mexicana durante dos meses. A lo largo del recorrido hicimos paradas en puertos que fueron atacados en la Segunda Guerra Mundial. Uno de mis maestros en el recorrido fue el antropólogo Yasushi Kikushi, un señor bien conservado que jugaba tenis, pero cuya infancia transcurrió en la Segunda Guerra Mundial en Japón. Le pedí una entrevista para conocer cómo recordaba esa época. El material que recopilé no daba para una novela, me tomó diez años crear una historia ficticia a partir de su relato. Mi maestro sobrevivió a los bombardeos de Osaka y mi historia es sobre las personas radiadas por la bomba atómica en Nagasaki. Quería hablar sobre las cicatrices físicas, pero también de las mentales, y los traumas que deja una guerra.
¿Cómo te cuidaste de no revictimizar al personaje?
Mi maestro y otras personas que conocimos durante el viaje me comentaron que los sobrevivientes de Hiroshima y de Nagasaki fueron discriminados porque se creía que tenían una enfermedad contagiosa. Se decía que en caso de tener hijos nacerían con malformaciones, de modo que ellos mismos no querían contar sus historias. Mi novela trata de todo eso. El protagonista lidia con el silencio, el estigma y la herida.
En este sentido, empata también con lo que viven las personas que son víctimas de abuso.
Así es, no es fácil sobrevivir a una situación tan traumática. A veces, a los demás nos cuesta trabajo comprenderlos y por eso las revictimizamos, pero lo cierto es que cada quien vive los traumas de diferente manera.
Japón era aliado de Alemania, ¿se le suele ver más como victimario que como víctima?
Soy consciente de que Japón también cometió atrocidades durante la guerra y hay a que señalarlo. Ahí están las Mujeres de consuelo en Corea y otros temas que mantienen la herida abierta en Asia, pero también creo que no se debieron de haber tirado esas bombas. Sin embargo, y más allá de cualquier cosa, quería contar la historia desde el punto de vista de un sobreviviente sin ponerme moralista y sin juzgar si Japón hizo bien o mal. Recuerdo que mi maestro me contó que cuando fue el 60 aniversario del bombardeo en Hiroshima y Nagasaki, se esperaba que Obama fuera y pidiera disculpas, pero no fue. Creo que como humanidad pedir perdón nos engrandece, aunque nosotros no hayamos cometido el acto, es una forma de pedir respeto a las víctimas.
¿Actualmente cómo se vive ese proceso en Japón?
Hay mucho silencio. Muchas personas no quisieron hablar y apenas ahora empiezan a dar sus testimonios de víctimas. Lo que sucede también es que la cultura japonesa es muy reservada y sobre lo ocurrido durante la guerra, más. El gobierno incluso les ofreció servicios médicos a los sobrevivientes y, con tal de no exponerse, hubo quienes prefirieron recibir los servicios a los que tenían derecho.
No obstante, los hibakusha, como se autonombran los sobrevivientes de las bombas, se reúnen para compartir sus testimonios.
Algunos sí, son activistas por la paz. Me parece que un momento como este el miedo por el uso de armas nucleares se ha intensificado.
Además de narradora eres poeta. ¿Qué recursos encontraste en la poesía para atenuar el drama de una situación que de por sí es muy traumática?
Más que la poesía, lo que me ayudó fue haber conocido Japón y su cultura. Esto me permitió conocer un tipo de belleza a la que no estaba acostumbrada como poeta y me refiero a la belleza de la contemplación. La cultura japonesa se fija mucho en los detalles y de ahí nace la meditación. Me marcó de tal manera que del mismo viaje surgió mi libro de poemas País de nieve, por el cual gané el Premio Nacional de Poesía Tijuana.
¿Por qué contar la novela desde la perspectiva de un niño?
Los recuerdos que me contaba mi maestro provenían de cuando tenía cinco años. También tuve un novio alemán y su papá era sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial, tanto él como mí maestro coincidieron en que de lo que más se acordaban era del hambre. Ambos vivieron bombardeos y destrucción, pero lo que más los marcó fue no tener comida. Por otro lado, durante de las guerras es de los niños de quienes menos se habla.







