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Cien años de Teodoro González de León | Por Ari Volovich

Ari Volovich, integrante del equipo de comunicación del Festival Cultura UNAM, destaca el legado de Teodoro González de León y su visión de la arquitectura como una herramienta para recuperar y democratizar el espacio público.

  • Redacción AN / MDS
06 Oct, 2026 08:14
Cien años de Teodoro González de León | Por Ari Volovich
Foto: Tania Victoria/Secretaría de Cultura CDMX

Por Ari Volovich*

Existen contadas disciplinas como es el caso de la arquitectura que logran concretar la inmortalidad de una obra en el sentido más literal de la expresión; de intervenir, moldear los espacios que habitamos, de transformar nuestros paisajes urbanos para encauzarnos a nuevos horizontes y así modificar la manera en que interactuamos con éstos. 

Teodoro González de León estaba muy consciente del referido poder transformador de su arte  y oficio. Tan es así que logró convertirse en uno de los exponentes de mayor trascendencia de la arquitectura moderna en nuestro país de mediados del siglo XX; esto, gracias a la geometría del tangram que sólo Teodoro podía visualizar y a su afinidad por la monumentalidad e interpretación única de aquella simbiosis inquebrantable entre la luz, el espacio y la materialidad que marcaba su estilo singular de entender la arquitectura. 

Pero la grandeza arquitectónica de González de León no viene únicamente de sus nociones y aportaciones estéticas, sino más bien de la enorme importancia que Teodoro veía en la recuperación del espacio público, sobre todo en un país como el nuestro donde la sociedad, lejos de apropiarse de éste, lo sentía ajeno, cuando no un terreno hostil. González de León entendía la arquitectura como una extensión del espíritu humano, como una forma de diálogo continuo con el espacio y quienes lo habitan. 

Foto: El Colegio Nacional

“Lo que busco en cada una de mis obras es que la arquitectura responda al lugar, se vuelva un faro en el lugar, un faro hermanable que la gente sienta que está instalado allí, que el espacio público la ‘rodea’, o que la penetra. La tarea número uno de la arquitectura es instalarse en la ciudad y hacerlo bien para que el paso del sol bañe a la forma y para que la forma se hermane en el lugar y lo irradie. La arquitectura es un objeto para servir, vivimos en ella, no podemos desprendernos del espacio que crea”, expresó Teodoro González de León en una entrevista concedida a la Secretaría de Cultura. 

En cuanto González de León egresó de la Escuela Nacional de Arquitectura de nuestra máxima casa de estudios, el Gobierno francés le otorgó una beca que habría de marcar el rumbo de su carrera, dado que tuvo el mérito, que no la fortuna, de integrarse al taller de quien es conocido como el padre de la arquitectura moderna, Charles-Édouard Jeanneret-Gris, mejor conocido como Le Corbusier, de quien aprendió de primera mano los conceptos revolucionarios de la arquitectura moderna que posteriormente marcarían su vasta trayectoria profesional y artística para iniciar su colaboración en el histórico proyecto del Conjunto habitacional de Marsella: un referente de las unidades habitacionales de la posguerra.  

Con su regreso a México, entre 1942 a 1947, participó colaborando junto con Carlos Obregón Santacilia, Carlos Lazo Berreiro y Mario Pani. Figuró, también, como una pieza clave en el proyecto maestro de la Ciudad Universitaria de la UNAM con los arquitectos Armando Franco y Enrique del Moral. 

González de León estaba decidido en aportar todo el conocimiento y experiencia que había acumulado en Francia tras su estrecha colaboración con Le Corbusier, para poder proyectar sus ideas innovadoras en el paisaje urbano de la Ciudad de México y dejar su legado con obras emblemáticas que forman parte de nuestro paisaje urbano, como el Museo Tamayo, el Colegio de México, el Palacio de Justicia Federal, la Universidad Pedagógica Nacional, Fondo de Cultura Económica, la Torre Manacar y el Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC), tan solo por mencionar las más conocidas. 

La marcada fijación en los espacios públicos que persiste en la obra de González de León parece un manifiesto en contra del aislamiento de nuestros tiempos a raíz de la digitalización social y el consecuente aislamiento que ésta propone. De manera contraria, las explanadas y los patios que proliferan en la obra de Teodoro son una invitación a democratizar el espacio, a incentivar al encuentro, a incentivar la exposición y el roce humano por inercia. Esta obsesión por los espacios públicos venía de su fascinación por los patios, no en el sentido nostálgico, sino como un lugar que induce a la congregación perpetua cuyo valor comunitario rebasa lo meramente simbólico. He ahí una de las virtudes más sobresalientes de la arquitectura de Teodoro González de León: su edificación de la comunidad. 

Para conmemorar su legado y a propósito del centenario del nacimiento de Teodoro González de León (1926–2016), el Festival Cultura UNAM rindió homenaje el viernes 25 de septiembre a una de las figuras esenciales de la arquitectura mexicana contemporánea, cuya obra transformó de manera decisiva el paisaje urbano y cultural del país. A partir de la convicción de que la arquitectura es una práctica capaz de dialogar con múltiples disciplinas, este ciclo reunirá a arquitectos, investigadores, escritores, músicos, artistas visuales y críticos para explorar los vínculos que González de León estableció con distintos campos de la creación y el pensamiento. Más que una revisión retrospectiva, el programa propone una reflexión sobre la vigencia de su legado y la manera en que su obra continúa moldeando nuestra relación con la ciudad, el espacio público y la cultura.

 

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* Ari Volovich forma parte del equipo de comunicación del Festival Cultura UNAM. (Israel, 1974) es escritor y periodista, columnista en Chicago Tribune y autor de Blasfemias ilustradas (2011), Jet Lag (2013), El centinela del gulag (2017) y Mi lucha (2021).

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