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¿Sabías que los bosques submarinos en México son nuestros aliados contra el cambio climático?

Los bosques de kelp del Pacífico mexicano, ecosistemas submarinos de rápido crecimiento, son un aliado clave contra el cambio climático por su capacidad de capturar carbono y sostener biodiversidad.

  • Redacción AN / GER
06 Feb, 2026 14:05
¿Sabías que los bosques submarinos en México son nuestros aliados contra el cambio climático?

El cambio climático está reescribiendo la historia de nuestro planeta, con efectos drásticos en la biodiversidad y en nuestro futuro.  En este panorama, hay un aliado del que casi nunca hablamos. Es uno que vive escondido bajo la superficie del mar templado de nuestro país, pero crece a una velocidad impresionante: las macroalgas del Pacífico mexicano que forman los bosques submarinos de kelp.

Cuando decimos “bosque”, generalmente pensamos en árboles en tierra firme. Pero en los arrecifes templados de México, especialmente en el Pacífico de  Baja California y Baja California Sur, existen bosques submarinos formados por macroalgas de color café. Una de las algas más grandes es la gigante Macrocystis pyrifera. Estas algas pueden crecer increíblemente rápido cuando hay luz y nutrientes óptimos para su desarrollo. Se han reportado tasas de crecimiento diarias de decenas de centímetros en condiciones favorables. Esa velocidad no es solo una curiosidad biológica; es la base de algo mucho más grande. Este proceso de gran productividad convierte los bosques de kelp en uno de los ecosistemas más productivos del planeta.

¿Por qué la alta productividad de los bosques de kelp está recibiendo tanta atención como parte de las soluciones climáticas? Los bosques de kelp capturan CO₂ de la atmósfera indirectamente. Por ejemplo,  el carbono se disuelve en el océano y las macroalgas, en el proceso de fotosíntesis, lo incorporan a su biomasa. A escala global, estos “bosques de algas” pueden tener tasas de productividad considerables para disminuir los niveles de CO₂  en la atmósfera. En otras palabras, son como unas bombas que, de alguna manera, “succionan” el CO₂ a gran velocidad a medida que crecen.  Sin embargo, existe una fuerte controversia entre el gremio de científicos que estudian estos procesos. Algunos argumentan que son importantes para el secuestro de carbono y otros dicen que sí lo capturan, pero no pueden almacenarlo. 

Los bosques de kelp capturan más carbono por metro cuadrado que las selvas tropicales.

La captura de carbono no es lo mismo que su almacenamiento. Para que un ecosistema ayude a secuestrar carbono atmosférico y aportar a procesos climáticos de verdad, necesitamos dos pasos: 1) la captura y 2) el almacenamiento a escalas de tiempo y de espacio largas. En manglares, marismas y pastos marinos, el almacenamiento suele ser más directo porque gran parte del carbono termina enterrado en sedimentos lodosos. En los bosques de kelp, que viven en fondos rocosos, resulta un poco más difícil de documentar. Se sabe que una fracción considerable de la biomasa se exporta fuera del bosque como partículas o como carbono disuelto, y puede depositarse cerca de la costa o viajar a zonas profundas. Sin embargo, aquí resulta complejo documentar y estimar correctamente el proceso de secuestro. Por lo tanto,  no es que los bosques de kelp no capturen carbono; lo hacen de manera asombrosa. El reto es cuantificar cuánto de eso realmente se almacena y por cuánto tiempo.

Mientras discutimos sobre el secuestro de carbono, el cambio climático actúa en paralelo y afecta directamente los bosques de kelp.  Para un bosque de kelp saludable, necesitamos aguas frías y ricas en nutrientes. Cuando aumenta la temperatura del agua,   por días o meses, estos bosques se vuelven vulnerables. A inicios de la última década, el Pacífico atravesó un periodo de calentamiento extremo que hoy reconocemos como una serie de ondas de calor marinas. En el sistema de la Corriente de California, estas condiciones de 2014–2016 fueron particularmente fuertes y documentaron impactos severos en los bosques de kelp.  En algunas regiones, llegamos a documentar pérdidas de cobertura de estos bosques de hasta un 90%.

Aquí es donde cobran relevancia algunos retos que nos gustaría puntualizar para nuestro futuro y bienestar.

Lo primero es preservar los bosques de kelp que quedan. Cuidar los bosques que sobrevivieron a estas ondas de calor marina no solo es “dejarlos en paz” y no explotarlos. Más bien, significa ayudar a mantener el equilibrio ecológico de los ecosistemas, sus interacciones y sus funciones. Un ejemplo de esto es el control del sobrepastoreo de los herbívoros. Por lo tanto, preservar los bosques que nos quedan incluye proteger depredadores clave, reducir las presiones locales y fortalecer las reglas comunitarias, lo cual puede marcar la diferencia entre un bosque que resiste y uno que colapsa.

El segundo reto es restaurar los bosques de kelp que hemos perdido. En distintos lugares del mundo, la restauración de kelp suele combinar estrategias como el control de herbívoros (por ejemplo, erizos), trasplantes o siembra de juveniles, cultivo en laboratorio, sustratos tipo “green gravel”, líneas de cultivo y, sobre todo, monitoreo constante para saber qué está funcionando y por qué. Necesitamos impulsar nuestra capacidad para medir cambios con mayor detalle y en distintas escalas. Y por último, esto es especialmente importante si consideramos las predicciones climáticas que señalan eventos más frecuentes y extremos. 

La realidad es que los ecosistemas naturales, como los bosques de kelp, no se preservan ni se restauran solo con buena voluntad. Se restaura con condiciones (frío, nutrientes, sustrato, claridad del agua), con ecología (quién se lo come y quién controla a los que se lo comen), y con gobernanza (quién cuida el bosque y por cuánto tiempo). Y eso último importa tanto como lo demás: los bosques submarinos no se sostienen con proyectos de un año; se sostienen con alianzas que duren.

En Baja California, además, hay algo que hace única esta historia: estos bosques están en el borde sur de su distribución en el hemisferio norte. Ese “vivir al límite” los hace especialmente valiosos como termómetro del cambio climático: lo que ocurre en el borde puede anticipar lo que viene para regiones que hoy se sienten más seguras. Y al mismo tiempo, ese borde también puede sorprendernos con resiliencia cuando se combinan condiciones oceanográficas favorables y decisiones humanas inteligentes.

Si buscamos aliados contra el cambio climático, los bosques de kelp no son una bala de plata, pero sí son una pieza grande del rompecabezas. Capturan carbono con una eficiencia biológica impresionante. Sostienen biodiversidad y pesquerías. Por lo tanto, bien preservados y resilientes, pueden ayudar a amortiguar los impactos que ya se sienten en la costa. La tarea ahora es cuidar los bosques que quedan y reconstruir los que perdimos, con metas claras, ciencia rigurosa y una economía que haga viable el trabajo duro, como el control de erizos. Y hacerlo rápido, porque el mar no está esperando.

Biografía: Rodrigo Beas-Luna es académico de la Facultad de Ciencias Marinas de la UABC en Ensenada. Bucea desde hace más de treinta años y ahora utiliza el buceo científico para estudiar ecosistemas costeros y generar información para entender mejor estos sistemas para el futuro. Es biólogo de formación; tiene una maestría en ecología marina y un doctorado en ciencias marinas. Da clases de ecología marina, técnicas de investigación y comunicación, sistemas socioecológicos y monitoreo submarino. Rodrigo es cofundador de un programa de monitoreo submareal que este año cumple una década de observaciones. Es una especie de “bitácora” viva del océano que permite comparar sitios, años y regiones con el mismo lenguaje de datos. Uno de sus sistemas favoritos es el de los bosques de kelp. Su trabajo se apoya tanto en la ciencia como en el diálogo con quienes usan y cuidan el mar día a día, especialmente con pescadores, organizaciones civiles y autoridades. Y quizá su tarea más exigente y gratificante es formar nuevas generaciones de oceanólogos capaces de generar conocimiento útil para tomar mejores decisiones y construir un futuro más justo y sostenible para nuestros mares.

La Facultad de Ciencias Marinas de la UABC es una institución pública dedicada a la formación de profesionales y a la investigación aplicada sobre océanos y costas, con énfasis en el conocimiento científico que apoya la gestión de los recursos marinos y la toma de decisiones. Desde ahí, Rodrigo colabora con comunidades pesqueras, autoridades y organizaciones para generar evidencia sobre la biodiversidad, los servicios ecosistémicos y las estrategias de manejo y conservación. 

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