Aragón y Zaragoza: Arte, cultura, vino y gastronomía (II/III)
Publicamos la segunda de tres entregas, de la crónica del artista Ernesto Ríos; en esta ocasión el artista nos lleva a la Ruta del Vino de la Garnacha y al Parque del Monasterio de Piedra.
- Redacción AN / HG

Texto y Fotos: Ernesto Ríos
Día 3
Ruta del Vino de la Garnacha
Iniciamos la Ruta del Vino de la Garnacha, en la comarca de Campo de Borja, un viaje en el que paisaje y tradición vitivinícola se entrelazan. Visitamos el Palacio de los Condes de Bureta, junto al río Huecha, una construcción del siglo XVII que comparte un mismo lenguaje arquitectónico con la iglesia de Santa Cruz.
El recorrido continuó hacia Bodegas Borsao, una de las grandes referencias de la Garnacha aragonesa, una variedad de uva con personalidad propia que refleja el carácter del territorio a través de aromas de fruta madura, notas especiadas y una profunda conexión con su origen. Después del almuerzo en el restaurante Rodi, en Fuendejalón, llegamos al Monasterio de Veruela, un antiguo cenobio cisterciense rodeado de naturaleza y silencio, estrechamente vinculado a la vida y la obra de Gustavo Adolfo Bécquer. Hoy alberga el Museo del Vino, un espacio que reúne el legado monástico y la cultura vitivinícola.
La jornada terminó en Tarazona, recorriendo las calles de su casco histórico y viviendo la experiencia inmersiva Hydria en su Catedral. Al caer la tarde nos alojamos en el Hotel Castillo de Grisel, a pocos kilómetros de la ciudad, entre muros centenarios y un entorno sereno.
Día 4
Ruta del Vino de la Garnacha
Damos comienzo a la Ruta del Vino de la Garnacha, una travesía donde la geografía y el saber hacer vitivinícola conviven en un diálogo constante. En este, su suelo natal, la variedad aragonesa despliega todo su potencial gracias al clima seco y la fuerza de los vientos del norte, elementos que permiten a manos maestras dar vida a vinos que alcanzan la más alta distinción.
La primera parada fue Bodegas San Alejandro, donde nos sumergimos en el legado de generaciones dedicadas al cultivo de la vid. Una visita interpretativa nos permitió descubrir la riqueza de sus variedades autóctonas a través de viñas centenarias. Caminar entre estas cepas antiguas es recorrer una historia silenciosa, escrita con paciencia por el paso de los años y por las manos que han cultivado la tierra. Tras esta inmersión en la cultura enológica, disfrutamos de un almuerzo en el restaurante Reyes de Aragón, antes de continuar con el trayecto.
Parque del Monasterio de Piedra
El Monasterio de Piedra es un antiguo cenobio cisterciense de los siglos XII y XIII que ofrece un contraste fascinante: la austeridad de su arquitectura frente a un espectáculo natural desbordante.
Al cruzar sus murallas, descubrimos un frondoso vergel de cascadas, grutas y lagos esculpidos por el río Piedra. Sus senderos serpentean entre bosques y formaciones rocosas, siguiendo el rastro de un agua que se transforma a cada paso: desde el susurro de pequeños manantiales hasta el rugido casi felino de cascadas como la Cola de Caballo.
Me impresionó la audaz propuesta de restauración de la iglesia abacial, donde una cúpula derruida, de nervaduras góticas, sugiere su continuidad geométrica a través de un óculo metálico que enmarca el azul del cielo.
Monasterio de Piedra. Me impresionó la audaz propuesta de restauración de la iglesia abacial, donde una cúpula derruida, de nervaduras góticas, sugiere su continuidad geométrica a través de un óculo metálico que enmarca el azul del cielo.
Monasterio de Piedra. Interior. Bóveda de crucería estrellada: El techo sorprende por su complejo entramado de nervaduras y ligaduras decorativas, que dibujan patrones geométricos de gran belleza, propios de la etapa final del estilo gótico.
(Monasterio de Piedra. Lago con el reflejo simétrico de las montañas).
(Monasterio de Piedra. Cascada “Cola de Caballo”).
(Cena en el Monasterio de Piedra. Costillas con papas, pimiento y vino de la región).
(Lanzas y churros iluminados con luz roja en el Monasterio de Piedra).
Más que una visita, es un lugar para recorrer sin prisa y dejarse envolver por la serenidad conventual del entorno. Según la tradición, aquí se elaboró por primera vez chocolate en Europa, un episodio que forma parte de la historia gastronómica del monasterio y cuya huella aún parece conservarse en las paredes ennegrecidas por el humo de los antiguos fogones. Su riqueza natural, la hospitalidad del lugar y su cuidada gastronomía invitan a prolongar la estancia y disfrutar de este rincón, un verdadero remanso para el alma.
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